Kintsugi – Por Carla Lincevich

Kintsugi

«¿Por qué no puedo escribir nada?», se preguntó una vez más frente a la hoja en blanco. La cabeza aún le dolía. Le habían dicho que poco a poco iba a poder recuperar algunas de las habilidades que tenía pero no le estaba siendo sencillo… y eso que había pasado ya un buen tiempo.  Era casi como si cuando todo estaba mal y parecía que se estaba desplomando atiborrada de trabajo,  atrapada en la vorágine de una vida compleja —y a veces hasta insatisfactoria—, hubiese sido cuando más había tenido algo que expresar y, sin embargo, en la efímera paz presente las palabras parecían haberse ido, se sentía vacía… o, tal vez, en realidad estaba inexplicablemente llena de ideas que compartir pero no justamente las que le exigían.

Pero… ¿era realmente tan inexplicable?

Su mundo había cambiado completamente tras todo lo que le había ocurrido; o, quizás, tan sólo ella y ahora no podía reencontrarse en esa especie de nueva realidad vieja recuperada. ¿Cómo conformarse o sentirse bien con lo que antaño hacía cuando ahora parecía carecer de importancia o lógica alguna? ¿En quién se había transformado? ¿Quién había sido? ¿Existiría la posibilidad de volver a ser aquella mujer o se había perdido irremediablemente?

«Siempre te gustaron las margaritas y los nardos», le decía su madre cada vez que iba a visitarle, llevándole dichas flores. Pero… siempre, ¿es incluso ahora? Sentía el aroma dulzón del perfume floral y no podía dejar de preguntarse si esa aparente indiferencia era algo temporal o si verdaderamente ya no le gustaban. Sin embargo sonreía y agradecía el gesto, tratando de disimular para no alarmarla, o simplemente porque aún no podía alcanzar la certeza de nada. ¿Qué cosas le generan placer? ¿Cuáles son sus gustos?

Todo el mundo parecía esperar que fuese quien había sido. ¿Cómo ser alguien que ya no recordaba?

Si le había llevado meses volver a mirar las letras del teclado en la computadora y comprenderlas nuevamente como símbolos susceptibles de ser interconectados con alguna clase de sentido, ¿cuánto tiempo podría llegar a llevarle recuperar toda una vida perdida? ¿Deseaba realmente hacerlo? ¿Es importante para ella volver a ser racional, fría, metódica? ¿O al fin de cuentas sólo se trata del miedo ajeno a la posibilidad de que pudiese acostumbrarse a las consecuencias de vivir con un lado de su cabeza apagado?

Se acercó la taza de té a la boca: el regusto ligeramente ácido y amargo del té con limón sin endulzar es una de las pocas sensaciones que aún conserva intactas en su memoria. Eso y el gusto por la música.

Las veces en que se permite cerrar los ojos frente al piano y tan solo dejar que sus dedos fluyan por el teclado su cuerpo aún recuerda las notas, esas que a veces ella no sabe siquiera nombrar. No tiene idea con respecto a qué obra toca ni recuerda cuándo la aprendió o la física que posibilita que el sonido se produzca, sin embargo tiene la certeza de que si se siente como si fuese una barca que nadase en la melodía entonces lo está haciendo bien. A las obras de Chopin las paladea como al dulce sabor de un caramelo en los labios o del primer beso robado, o como a la brisa cálida cargada de flores de la primavera. Mozart le recuerda a la sonrisa de un niño que ha madurado demasiado pronto: alegre pero con cierta sensación de pérdida. Raschmaninov, en cambio, la hace sentir como si caminase en una niebla turbulenta y Beethoven como si pudiese contemplar la grandeza de un amanecer frente al mar con las aves cantando y el oleaje golpeándose contra los acantilados. No hay palabras en su mente con las que definir la música: sólo imágenes y sensaciones, y un constante fluir entre ella y su entorno como si viviese en una eterna disyuntiva entre ser y no ser, entre fundirse y separarse con el todo.

Años atrás, en otra vida, había sido matemática. Renombrada, de hecho. Ahora los mismos que antes la miraban con admiración lo hacen con condescendencia: ya no hay entes ideales que reflejen en su extraña abstracción la realidad cotidiana; en cambio, esos mismos signos han cobrado una belleza diferente. Antes la proporción áurea y los cálculos matemáticos eran su manera de ver el mundo, más en esta nueva versión de sí donde había sumas, restas, límites, fracciones, ahora hay emociones, sensaciones, impresiones casi orgánicas que poco parecen tener que ver con eso en lo que creía y sin embargo siguen estando atadas, tan atadas como su viejo yo y su nuevo ser.

No obstante en sus obras las matemáticas siguen apareciendo: subyaciendo a la música, a las pequeñas figuras de porcelana que realiza o repara, a las pinturas que ha comenzado a realizar están las proporciones numéricas de la belleza y el arte dando origen a imágenes equilibradas y armoniosas capaces de sensibilizar a quien las vea.

Paso a paso, lenta y minuciosamente, como en el arte del kintsugi, ella ha ido colocando las piezas perdidas, recuperadas, reconstruidas, resignificadas, de su memoria, de su vida y de su arte en el lugar donde debían haber estado o donde lo supone. El resultado, obviamente, no es igual que el original porque -tal y como pasa con los jarrones rotos a los que se intenta reparar- las marcas no han desaparecido y no hay forma de hacer que el encastre vuelva a ser exactamente el mismo, más nadie podría desmentir que no hubiese quien considerase el producto es incluso más bello en sus roturas que el original.

Su cuerpo ha vuelto a ser como antes: se mueve con libertad. Con trabajo y esfuerzo ha logrado responder a su nombre, hablar… Algunos de sus recuerdos, incluso, han decidido volver. Desde su accidente cerebro vascular ya no es la misma… Sin embargo, más de una vez siente que ha logrado tener la oportunidad de vivir experiencias que no muchos pueden en su vida: ver el mundo desde el frío análisis de la lógica y desde el cálido torbellino de las emociones puras, o el poder construirse a sí misma desde una mirada y luego poder reconstruirse dentro de su misma vida desde otra completamente diferente.

Quizás, tan sólo quizás, lo que muchos ven como una desgracia en su caso ha sido una extraña aventura, una oportunidad.


Carla Lincevich es una bibliófila. Desde chica amó los libros y la literatura. En sus propias palabras: “los libros se fueron convirtiendo en un puente a la reflexión y la fantasía. Marcaron toda mi vida. Han sido los generadores de afinidades con otras personas y, curiosamente (o no tanto), a través de esas afinidades literarias, encontré el amor. Los libros han sido el remanso donde descansar mi alocada cabeza y el vaso de agua para mi mente con sed. En cierta forma, como sucede con el hilo de Jane que se une al de Ender en Los hijos de la mente, el hilo de las tramas de los libros terminó uniéndose a los hilos de mi esencia”.

A los 16 obtuvo el tercer puesto en el concurso “Ricardo Rojas” por su improvisación “Memorias”; en el 2011, el primer puesto por su improvisación “Aquellas que no se ven” en el concurso organizado por la revista digital y taller literario Forjadores.net; y en el 2016, fue invitada a publicar uno de sus cuentos (“Mamá”) en el libro Yo, Lector, de la Lic. Prof. Silvia Mateo.

Ha sido ayudante de cátedra en los talleres de Expresión Oral y Escrita I y II de los profesorados de Biología e Historia del Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González” y fue la impulsora de la creación de la sección de Narrativa Libre, que actualmente coordina, en el diario digital Terminal de Noticias, del cual es editora general.

Foto: Kintsugi, de @SunCity

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