Y la banda sigue tocando… (Presencialidad forzada en las escuelas)

presencialidad en las escuelas
Y la banda sigue tocando…
(O la increíble y triste historia de la presencialidad forzada y su abuelito, el sistema educativo, desalmado)

 

En pleno inicio de la segunda ola, con un aumento vertiginoso de contagios de coronavirus, una gran proporción de gente está entre descontenta y preocupada a causa de la presencialidad obligatoria en las escuelas.

Sin embargo, de los dichos -tanto de hoy como de días pasados- de la Ministra de Salud de la Nación, Carla Vizzotti, y del Ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, parece desprenderse que la presencialidad no debería ser ni es materia de discusión. Los protocolos en las escuelas son los más seguros del mundo”, afirmó el Ministro Trotta hace poco.

En su “charla con la comunidad educativa”, volvió a ratificar lo incuestionablemente importante que resulta que los/as niños/as del país continúen yendo a la escuela como único medio seguro para hacerse con el conocimiento esperado. Dicha “charla” consistió en un monólogo reproducido a través de su cuenta de Instagram que, por momentos, a duras penas podía llegar a escucharse puesto que se entrecortaba constantemente.

Si bien nadie duda de lo importante que es la educación (o, al menos, no lo dudamos quienes integramos este diario), la presencialidad forzosa no es la única manera de aprender, y la no presencialidad no necesariamente significa que no haya habido educación el año pasado o que no exista actualmente.

Más aún, la realidad en las escuelas de CABA y de Provincia de Buenos Aires no parece coincidir con el supuesto de la presencialidad como medio seguro para brindarle a nuestros/as hijos/as la educación que consideramos que se merecen y que deseamos que tengan.

Si tenemos en cuenta la falta de asignación de presupuesto (histórica y aún vigente) para la remodelación y mantenimiento de los edificios escolares, podremos advertir que no sólo no habilita a una “presencialidad cuidada” sino que incluso entrar en algunas de dichas instalaciones supone un riesgo para la comunidad educativa aún en tiempos normales sin pandemias. Ejemplos de esto último fueron el trágico incidente por el cual fallecieron la vicedirectora y el auxiliar de la escuela 49 de Moreno,en el 2018; o los reiterados pedidos para que instalen el gas en las escuelas de CABA y deprovincia, por mencionar algunos.

En medio de la discusión con respecto a “presencialidad sí / presencialidad no”, encontramos escuelas a las que les falta el techo, o a las que se les ha caído un piso. O en las que no cuentan con agua, ni llegaron jamás los barbijos ni el acohol para desinfectar los ambientes o para uso de los/as docentes.

Así como también a maestros/as y profesores/as a quienes jamás se les han cubierto los costos de los materiales (sabiéndose que trabajan en escuelas cuyos/as alumnos/as no cuentan con el dinero ni para comprar las fotocopias) y a los/as cuales tampoco se les cubrieron los gastos para la compra de computadoras y/o conexión de internet para dar las clases virtuales; las cuales igual fueron dadas.

Dentro de esta marejada, nos encontramos con que los/as profesores/as de secundaria parecieran ser los/as más olvidados/as. Dichos/as docentes, no sólo tienen que comprarse el alcohol y los barbijos para trabajar, sino que la precarización laboral los/as lleva a necesitar viajar de un colegio a otro a lo largo del día para poder llevar “el plato de comida a la casa”.

¿Dónde quedan las tan mentadas “burbujas” cuando se tiene que trabajar en cuatro colegios distintos para llegar a tener un sueldo digno? (y a esto se suma que muchos/as docentes tienen a su vez hijos/as que se supone están en sus respectivas burbujas…). La tan usada frase “es más pobre que maestro de escuela” sigue teniendo igual vigencia, puesto que los tiempos han cambiado pero el sueldo docente, en relación, no.

Tras ser dejados/as abandonados/as sistemáticamente a su suerte, son víctimas de la desidia y la denigración de sus trabajos y esfuerzos. Año a año se replica, independientemente del gobierno en curso, la campaña de desprestigio de la -que tanto la carrera docente como el ejercicio de la docencia- se han vuelto objeto.

Lo mismo ocurre con la educación pública, respecto a la cual se dice que es inservible o ineficiente. Cabe destacar que mucha (o toda) la gente que participa en la legitimación de estas ideas no es de los estratos más pobres y envían a sus hijos e hijas a colegios privados, piensan en enviarlos a la universidad y les exigen buenos resultados en la escuela. Entonces, inevitablemente surge la pregunta: educar al pueblo no sirve… ¿para quién?

-¿Vos sabés lo que significa tener adolescentes en tu casa todo el día? Tenemos tres chicos y ¡hay que aguantárselos en la casa, haciendo ruido o peleándose todo el tiempo mientras tratás de trabajar!”, afirman algunos/as padres y madres que intentan defender la postura de la presencialidad a toda costa. Pero… ¿es esa realmente una razón digna para pelear por una presencialidad obligatoria? ¿Es ese un argumento contundente, sensato, coherente y consciente del por qué y, especialmente, el cómo deben volver nuestros hijos e hijas a la escuela? ¿A qué costo se debe sostener con tal de “no aguantárselos/as”?

¡Qué vagos son los docentes!”, agregan como parte de sus discursos lapidatorios sin reparar en que las críticas y cuestionamientos que estos/as hacen no sólo son en busca de condiciones saludables de trabajo para los/as empleados/as de la comunidad educativa sino también para ellos/as mismos/as. Si los/as chicos/as no se enferman es mejor para todos/as… ¿o no? Y cuando llegue el invierno, ¿van a estar en condiciones de cursar con todas las ventanas abiertas y con ventilación constante -y sin estufa-?

Reflexionar sobre estos argumentos, tan escuchados y reiterados en y por muchos medios, pareciera conducirnos a pensar que los padres y madres se han reencontrado hoy con sus verdaderas tareas como tales. En la cotidiana realidad del sistema capitalista en la que estamos inmersos/as, parecieran olvidar cuál el fin real de la escuela y acabar reduciéndolo al de ser un container en el que depositar a los/as chicos/as “muchas horas para que no estén robando en la calle” o “para no tener que aguantárselos todo el día”.

En otras épocas se trataba a los/as maestros/as con respeto y se les enseñaba a las criaturas a hacer esto mismo, puesto que se entendía la importancia que quien enseña tiene para con el futuro del país. Independientemente de si agrada o no la idea, un país con personas sin educación (así como sin memoria) es un país sin futuro.

A lo largo y ancho del país las realidades familiares son tan diversas como los climas y los paisajes. Hay quienes afirman que los/as chicos/as tienen que volver a la presencialidad porque “hay familias que son muy tóxicas y debe ser muy malo que estén todo el día con ellos”, pero ¿enviarles a la escuela los salva de la realidad de sus familias? ¿No existen teléfonos y servicios a los que se debería llamar para resolver esos casos independientemente de que exista o no la presencialidad?

Parecería, a priori, que no es lo mismo pertenecer a una familia pobre en Ciudad de Buenos Aires que si se está en medio del monte, o en un pueblo alejado en el que la internet es un lujo que no pueden darse porque ni siquiera les ha llegado todavía la conexión de agua. Pero un estudio de la Defensoría del Pueblo demostró que resulta más caro el servicio de internet en las zonas de las villas que el valor que se cobraba en cualquier otro lugar de la ciudad. Por lo tanto, podríamos afirmar que ser pobre sujeta a la gente a inequidades en cualquier lugar del país.

La solución al problema, por consiguiente, no parece ser el forzar a todos a una presencialidad ya casi indeseada, ejecutada en medio de la imprudencia y la falta de atención a las condiciones necesarias.

Los/as hijos/as de quienes tienen el poder adquisitivo suficiente -con o sin pandemia- seguirán yendo a colegios privados y contarán con los recursos necesarios para continuar su educación. Aquellos que pertenecen a familias menos favorecidas, en cambio, -con o sin pandemia- verán siempre sus trayectorias educativas dificultadas por la falta de materiales. La respuesta, entonces, al problema parecería ser la asignación de presupuesto suficiente para subsanar las necesidades básicas de la población, considerando a la educación como una de ellas.

Día a día, padres y madres que pertenecen a familias menos favorecidas económicamente se convierten en testimonios vivientes de agradecimiento hacia aquellos/as docentes que se han asegurado durante la pandemia de sostener la educación. Y son esos mismos/as padres y madres quienes, aún sin recursos (ya que desde el Estado no se les proveyó internet ni computadoras), quienes más se han esforzado por hacer que sus retoños pudiesen estudiar y completar sus tareas, ya sea por Whatsapp o por cualquier otro medio, aún cuando para ello tuviesen que compartir un celular entre toda la familia.

No sabés, para mi fue un orgullo saber que mi hija está tan bien conceptuada a pesar de todo” -testimoniaba Micalea, de 24 años, madre de una nena de 8 y empleada en un comercio en Provincia de Buenos Aires-. “Nosotros no tenemos computadora, sólo tenemos un celular y lo compartimos, ¿viste? Así que el año pasado las maestras me estuvieron mandando la tarea por Whatsapp. La verdad que se re portaron” –afirmaba, contenta y agradecida por el esfuerzo que todo el año hicieron las docentes en la escuela pública a la que asiste su hija para sostener la educación a cualquier costo, con o sin presencialidad.

[Este año] por mi trabajo no estaba pudiendo llevarla a la escuela porque con los horarios y los protocolos que pusieron me resulta imposible” –continuó relatando– “no sé si sabés que una semana va a la mañana y otra a la tarde. Y los horarios son de 8 a 11 (porque no puede comer en la escuela) y de 14 a 16, pero en mi trabajo entro a esa hora y después corto a las 12, y después entro a las 13 y salgo a las 17, o sea que no puedo ni ir a buscarla ni llevarla, ni traerla” -explica.

“Las maestras me estuvieron llamando e incluso una (la de matemáticas) pasó por donde trabajo a preguntar por qué no estaba llevando a mi nena a la escuela, y entonces le conté lo que pasó, (…) lo entendió y me dijo que se lo iba a contar a la dire; y la maestra después me escribió para decirme que me iba a mandar la tarea y todo lo demás por Whatsapp, así que ahora me lo mandan. (…) Todas las maestras estaban súper preocupadas porque no estaba pudiendo llevar a la escuela a la nena. El año pasado también, todas preguntaban y se fijaban a ver si hacía o no hacía las tareas. Mi nena aprendió un montón el año pasado, aún haciendo las cosas así.”

Historias como la de Micaela se replican a lo largo y ancho de toda la provincia de Buenos Aires y de CABA. Padres y madres que no pueden darse el lujo de dejar sus trabajos o de compaginar sus horarios para que coincidan con los de la escuela y ahora se ven forzados/as a tener que dejar de enviarlos/as.

Es cierto que hay quienes pudieron aprender a “jugar al tetris” con los horarios o pedido licencias con el fin de compaginar sus vidas en torno al esquema escolar de sus hijos e hijas; pero, en un país donde la pobreza va en aumento y los trabajos escasean, ¿cuántos/as pueden darse el lujo de contar con que en sus trabajos les otorguen licencia en lugar de echarlos/as? Más aún, si se pudiera lograr, ¿cómo se supone que los/as propios/as docentes van a compaginar sus horarios y los de sus hijos/as cuando tienen que estar corriendo de una escuela a otra?

No es que la presencialidad no sea útil, pero, quizás, habría que sopesar si realmente es lo más importante o si el reclamo en realidad no debería pasar por otro lado…

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