Plataforma 66 – Por Juan Bone

Plataforma 66

En la solitaria Plataforma 66 una oscuridad premonitoria era cómplice de un silencio que parecía intensificarse con cada segundo.

A duras penas podía verse los pies y escuchar el trotar de su sangre en su pecho. Se ciñó la gabardina al cuerpo para ocultarse los miedos y se acomodó el sombrero.

Luego de varios minutos cubierto por el vaho húmedo subsuelo, el metro, siseando sobre sus rieles, se detuvo y abrió sus compuertas, perfilándose como la única luz de la estación. El hombre entró apresuradamente. Un tornillo suelto en uno de los tubos le rasgó el abrigo dejándole un hueco en la solapa del cuello.

¡El que se cae pierde! –le gritó un niño que sostenía la mano de su madre.

¡¿Pierde qué?! –respondió el hombre un tanto molesto, acomodándose entre el resto de silenciosos usuarios.

Sus pieles tenían una tonalidad verduzca provocada por el reflejo de la luz. Desde el fondo opuesto del vagón, una vieja cadavérica de cuencas profundas, se desencajaba el maxilar con un bostezo voraz dejando ver sus desdentadas encías. Sus ojos diminutos se clavaron con odio en el hombre que intimidado se subía cada vez más el cierre de la gabardina. Había en la presencia de la vetusta un aura amenazante como una extensión de su alma que reptaba por el aire sobre los hombros de la gente.

En un intento de evitar la mirada de la vieja, el hombre caminó entre el sinfín de cuerpos que se habían instalado en el corredor del vagón. Sin embargo, desde el primer paso, se dio cuenta: algo extraño sucedía en su andar, sentía los pies torpes y pesados como atraídos por un magnetismo a la superficie. Podía moverse solamente a trompicones en medio de los murmullos sospechosos del resto de pasajeros.

Golpeó su canilla en uno de los asientos, ¡bang!, y se aguantó el grito aunque arrastraba la pierna del dolor.

La vieja, que lo seguía con su omnipresente mirada, arrugaba todas las comisuras de su rancia piel con una macabra sonrisa chimuela, dedicada exclusivamente para él.

El caballero ya se había subido el cierre de la gabardina hasta la altura de los pómulos. Se agarró al tubo metálico más cercano aguardando por su parada, frotándose la canilla que aún le dolía.

La apretada muchedumbre crecía con cada oscura estación. Empujado por la gente, el hombre se alejaba involuntariamente de las puertas de salida; la comunidad subterránea se clavaba los codos y nudillos para acomodar el ingreso de nuevos pasajeros.

El más mínimo movimiento de los pesados pies del hombre provocaba exaltadas reacciones entre los susceptibles usuarios, cuyas violentas expresiones estaban cargadas de un crudo instinto plutónico.

El vagón se llenaba de humedad condensada. La luz intermitente de aquel sarcófago plateado escondía las aproximaciones furtivas de la vieja. Se acercaba. Ésta se movía con habilidad espectral entre los hombros y las sienes sudorosas, en dirección del atemorizado hombre cuya cabeza desaparecía cubierta por el cuello de la gabardina que le subía hasta la frente espiando por el hueco donde antes estaba el botón.

La vieja estaba a pocos cuerpos de distancia. La estación se aproximaba.

¡Hoy te caes! –gritó la fantasmagórica figura- ¡Hoy te caes, pendejo!

La gente se miraba entre sí, tratando de descubrir al pendejo a quien iba dirigido el grito. Los tacones de los usuarios se clavaron en los dedos gordos de sus vecinos que comenzaron a dar alaridos.

Como efecto dominó, los chillidos salieron de todas las gargantas acompañados de paraguazos y rasguños. El hombre parecía decapitado asilado en su abrigo.

La parada estaba cerca. El hombre a paso torpe intentaba aproximarse a la salida. La vieja lanzó otro grito y esta vez uno de los pasajeros cayó desmayado de espanto; la gente le pasó por encima como una estampida de búfalos iracundos inundándolo todo del viscoso y espeso rojo. Nadie perdió la oportunidad de hacer catarsis con la impunidad que ofrecen los tumultos.

 –Estación Everett –dijo una voz lejana desde los parlantes.

 “Este es el momento” –pensó para sí- “es ahora o nunca”.

En un ataque de valentía y terror, salpicado con la sangre de la mujer pisoteada, sacó la cabeza de su caparazón gabardina y parado sobre uno de los asientos del tren se lanzó encima de la muchedumbre. Nadó hacia la salida entre las cabezas del turbulento conglomerado.

A pocos metros de la entrada, el resto de usuarios lo había identificado: él era el pendejo, el culpable de la furia de la vieja y del descontrol.

Sacó un bolígrafo del bolsillo interno del maltratado abrigo y comenzó a clavarles la punta plateada en los ojos, las mejillas y los cuellos, para abrirse paso entre la bullente masa que le pellizcaba y le arrancaba los pelos.

La puerta, que ya estaba abierta, anunciaba su cierre.

El hombre y la vieja llegaron a su encuentro. Aquel, de un salto acrobático, se elevó entre el abismo que separa el andén y el tren. Toda la demencia quedaba atrás.

De improvisto, el pie de la vieja se extendió bajo sus enaguas y golpeó el tobillo del pendejo que fue a dar con los dientes directo en el oscuro pavimento. Se retorcía rabioso con sus encías desdentadas. El tren volvía a su lúgubre calma.

 –¡Perdiste! -gritó el niño entre las puertas del vagón mientras el hombre, a gatas, inútilmente buscaba sus dientes en la oscuridad.

De regreso a casa, caminando bajo las luces de la calle, el hombre mordía un pañuelo para tratar de parar la hemorragia de sus encías.

Se detuvo en su puerta bajo el farol de calle, consternado por la extrañeza del tren y la cuenta del ortodoncista. Introdujo la llave en el ojo de la cerradura y al abrir la puerta su esposa lo esperaba con los ojos perdidos en una tonta alegría.

El hombre alcanzó a distinguir aterrorizado, entre las sombras de su comedor, a la vieja del tren sentada en su comedor sosteniendo una taza de té, la única diferencia es que ya no era chimuela, tenía los dientes del hombre incrustados en sus antes desdentadas encías, adornando una espantosa sonrisa socarrona.

 –Llegaste, querido, siéntate –dijo su esposa con la voz autómata-. Esta señora dice que te has olvidado tu bolígrafo en el tren… 


Juan Bone es un escritor ecuatoriano nacido el 8 de marzo de 1988 en Quito. Se graduó en la facultad de jurisprudencia de la Universidad San Francisco de Quito; además, tiene un Máster en guión por la Universidad de Melbourne.

En su trayectoria ha sido guionista y director de proyectos cinemáticos y documentales en Australia, Colombia y Ecuador. Trabajó en China para Dreamaker como director de obras teatrales.

Su primera publicación en el terreno de la literatura fue gracias a Autor / La Nueva Generación de Escritores en España, con el fragmento de una serie de cuentos llamados “Conversaciones con Tatiana”.

Ha viajado y vivido en países del Sudeste Asiático, China, Europa y el continente americano. Espera, muy pronto, poder publicar su primer libro y llevar a la pantalla una serie de televisión que actualmente se encuentra en la etapa de preproducción.

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