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El abecedario y sus fantasmas

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¿Cómo escribimos amor?

La energía de M al hablar era envidiable, también su locura. Fue, quizás, uno de los motivos por los que L se quedó charlando hasta las cuatro de la mañana en algún restaurante de Buenos Aires. M era, además, de esas personas auténticas que logran coherencia hasta en las medias que eligen y que defenderían a capa y espada la idea más sosa.

L fue a esa cita llena de fantasmas, heridas, un amor propio algo roto y unas ganas de dormir inmensas: bostezó durante toda la cena. A pesar del aparente desinterés, M decidió invitarle un café de postre y se esforzó por hacerla reír el resto de la noche. L al fin gustaba a alguien. El interés de M duró años, pero L jamás pudo verlo en verdad. Solo podía ver miedos y un amor insuficiente. En algún momento él le iba a fallar. Y al final falló.

También falló ella, como fallamos todos, al exigirle a alguien que nos ame por encima de todo cuando apenas podemos aceptar la naturalidad de nuestro mal aliento al amanecer. En secreto, L siempre se despertaba antes, cepillaba sus dientes, se ponía un poco de maquillaje y volvía a la cama para mostrar un amanecer acartonado. L se despreciaba en su estado más puro, ¿cuánto del amor de M sería necesario para opacar eso? ¿Cuánto se puede culpar a otro de la falta de aceptación propia?

A L le encantaban los ojos de M. “Que lindos ojos”, le decía seguido. Él siempre respondía con un firme y directo: “Sí, ya lo sé”. A ella le parecía tan arrogante, tan poco modesto y, un poco en chiste, un poco enojada le respondía: “¡Cómo te amas!”. Él no decía nada, solo la miraba y reía. Sus ojos eran verdes y eran lindos, aceptarlo ¿estaba mal?

Sí, M se amaba. Fue solo cuando desapareció de la vida de L que ella pudo comprender que ese tipo de amor era el que le hacía falta. No el amor de M. No sus halagos ni sus caricias. Si no un amor que viene de adentro. Ese aprecio por uno mismo que, a veces, tanto cuesta construir y cuyo vacío solemos llenar con amor por otros. M podía vivir sin L, pero la elegía; L no sabía elegir.

El mundo interno de una persona que se aprecia poco es un lugar espantoso para cualquiera que se acerque. El de L no era la excepción. No importa cuántas máscaras usemos, cuánto nos esforcemos por agradar, si el desagrado por uno mismo es más fuerte, tarde o temprano se huele, no importa qué perfume que usemos.

Años después L le preguntó a M “¿Por qué decidiste seguir viéndome si bostecé durante toda la cena?”. “No podía juzgarte por un par de horas en una noche”, respondió el. No tomó los bostezos como algo personal, solo pensó que L podía estar cansada. Ella, en su lugar, hubiera invocado a las deidades más crueles para maldecirlo por ¡tal falta de respeto! Cuando por dentro se está en guerra, todo es personal.

M y L se separaron. M aún conserva las acuarelas de Italia que L le regaló.

Y a L le fallarán todas las letras del abecedario hasta que aprenda a escribir sola la palabra amor.

¨Ama tu ritmo y ritma tus acciones

bajo su ley, así como tus versos;

eres un universo de universos

y tu alma una fuente de canciones¨

Rubén Darío


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