A Beatriz – Por Andrea Pancrásia

A Beatriz

Querida Beatriz, fui al mismísimo infierno por ti.

Dentro de mi locura desesperada por haberte perdido, pedí al cielo que regresaras. Se me negó más de tres veces tu presencia y fue entonces cuando decidí ir por ti. Bajé a lo más profundo; así es, Beatriz, por ti.

Sorpresa que me llevé al escuchar once golpes a mi puerta. La insistencia fue lo que me llevó a abrir y quien estaba ahí parado confirmó que mis plegarias fueron escuchadas. ¡Y qué gran alivio sentí al enterarme que lo fueron!

Un hombre de cabellos plateados estaba en el marco de mi puerta preguntándome si realmente quería ir al infierno por ti. La pregunta en sí misma era ofensiva, amada Beatriz, pero decidí ser amable y respondí con un cortés sí.

El hombre extendió su brazo y me pidió que lo rodeara. Cumplí el requisito y entrelacé mi codo con el suyo. Después pidió que cerrara los ojos y confiara en él, ¡oh, Beatriz!, ¿en quién más podría confiar si en él recaía la única oportunidad de verte nuevamente?

Cerré los ojos y suspiré.

Desperté en una cama fría y dura, con sábanas rugosas que raspaban y dolían. Las pesadas almohadas adormecían mi cuello y me llevaban a suplicar por mi vida.

Me tomó una eternidad levantar mi cuerpo de aquel abismo en donde suponía ser lugar de descanso y paz. No le deseaba dormir ahí ni siquiera a mi peor enemigo.

Me puse entonces de pie y caminé por aquella habitación de paredes blancas y lisas. Me pregunté cómo había llegado a ese lugar y te recordé, Beatriz. Después vino a mi mente el hombre de cabellos plateados y supuse que había llegado al único lugar en donde estaba la promesa de volverte a ver.

Salí de la habitación y caminé por la casucha donde me hospedaba. Una silla, un sillón, una pila de libros junto a una mesa, una taza de té a medio beber y un reloj dorado, eran mi compañía. No entendía cual era el propósito de mi estancia en ese lugar, claramente mi petición fue ir al infierno para recuperarte, Beatriz.

Y estaba ahí, entre paredes blancas, sin enfrentar a esos demonios por los cuales me había preparado durante meses para derrotarlos de una estocada. Y me senté en el incómodo sillón y contemplé al dorado reloj de hermosa ornamenta churrigueresca. Me di cuenta que el tiempo es sólo un concepto vago. Lo que habían sido unos cuantos meses en tu ausencia, para mi parecía una eternidad, toda una vida sin ti.

Recordé entonces que había una pila de libros por ahí. ¡Por supuesto! Los libros que tanto te gustan, amada Beatriz, a ti que te encanta que te lean, pero sobre todo, que te escriban. ¿Cómo no escribirte una biblioteca entera, mi adorada Beatriz? Si fuiste tú quien estuvo a mi lado eternas noches de insomnio mientras yo escribía. ¡Oh, Beatriz! Si tan sólo hubiese valorado más tu presencia cuando decidías acompañarme con tu cálida sonrisa.

No sabía dónde estabas, Beatriz: acompañando a sucios demonios en un terrible infierno o simplemente en el oscuro abismo de lo no sabido. No pude soportarlo; imaginarte tan hermosa, tan divina y cautiva en el infierno, hizo que saliera del trance que me atrapaba entre sus resbalosos tentáculos de recuerdos teñidos de presente, pasado y futuro.

Busqué la puerta de salida de aquel inmundo lugar, mi amada Beatriz me esperaba, me espera.
Mi sorpresa fue encontrar que la única puerta existente era la que conducía a la habitación de la cama de piedra. También noté, a tardío tiempo, que aquella prisión carecía de ventanas. Desesperadamente corrí por esa cárcel en busca de cualquier esperanza o brillo de libertad. ¡Sorpresa la mía, amada Beatriz, cuando noté que la libertad entre las cuatro paredes blancas era inexistente!

En un estado de aturdimiento total, me recargué sobre la mesa y después me senté. Frente a mí estaba la pila de libros que aún no había leído. ¡Claro! ¿Acaso los libros no son una promesa de libertad en sí mismos? ¡Si esa es mi profesión!, me dije con alegría.

Tomé el primer lomo. Era de cuero azulado, labrado con filos dorados como el reloj. No llevaba título en la portada, supuse que era viejo y sentí una gran emoción.

Lo abrí en la primera página. El dulce olor que emanaba a páginas impresas de letras que entretejen una historia, a imaginación y esencia del escritor llenaba mis pulmones de alegría, al igual que lo hacía tu sonrisa, Beatriz. Pasé a la segunda, tercera, cuarta hoja y después abrí el libro a la mitad. Las páginas estaban vacías.

¿Qué es esto?, me pregunté con horror. ¿Acaso esto es un infierno?, volví a preguntarme, Beatriz.

Y en efecto la respuesta estaba en la pregunta misma. Había llegado a un infierno, uno de paredes blancas, hecho solo para mí.

El reloj dorado había cambiado, el segundero iba más rápido que la primera vez que lo vi. Giraba tan rápido que casi era imposible percibirlo, todas las demás manecillas también giraban con gran velocidad. Me asusté y por poco pierdo el equilibrio y caigo de la silla.

Pedí un infierno. Así es, Beatriz, pedí un infierno por ti y llegué al lugar más horripilante que mi imaginación pudo haber creado. Un lugar donde no estabas tú, donde no te sentía y te extrañaba más que nunca.

Llore, reí y maldije. Nadie me escuchó. Pedí que me regresaran a mi hogar, del que tanto me había quejado y renegado, pero aún seguía en la cárcel de paredes blancas.

Volteé hacia la mesa y había algo nuevo: un cuchillo. Mi amada Beatriz, te mentiría si dijera que no cruzaron por mi mente ideas oscuras. La tentación era muy grande y tomé el brillante filo; pasé mis huesudos dedos por la puntiaguda arma y fue inevitable que mis yemas lloraran sangre. Pero mi sangre no era roja, Beatriz, era negra como la tinta que almacena el viejo tintero que compramos unos cuantos años atrás.

¡Oh, Beatriz aquí estás!, exclamé con lágrimas de felicidad rodando por mis mejillas. Sería una osadía la mía si no reconociera de quién viene ese milagroso mensaje. ¡Por supuesto, Beatriz mía! Por mis venas corre tinta y mi alma está hecha de palabras.

Con mi sangre hecha tinta escribí hermosos poemas sobre las amarillentas páginas del libro sin nombre, así como lo hubieses deseado tú, Beatriz. Sé que estás orgullosa de mí.

Ahora comprendo que después de ir al mismísimo infierno por ti, realmente te encontré, pero no estabas oculta en las penumbras de un nebuloso y oscuro lugar, estás dentro de mí, unida a mi alma, porque eres mi alma.

Desperté en mi vieja habitación, dentro de mi modesto, pero hermoso departamento que con tanta alegría alquilo mes con mes. Pensé que todo había sido un sueño y por curiosidad revisé mis manos. Un par de cortadas frescas adormecían las puntas de mis dedos y entonces supe que todo fue real y me alegré de que así haya sido.

Caminé por la habitación y me encontré con el viejo tocador. Vi mi reflejo en el espejo y sonreí. Ahí estaba Beatriz, había regresado.


Andrea Pancrásia es pseudónimo con el que cobran vida la pluma y tintero de esta escritoria residente del estado de Michoacán, México.

Según cuenta, la literatura ha sido para ella una amable compañera durante muchos años. Voraz lectora desde niña, actualmente se dedica principalmente a escribir.

Recientemente terminó de escribir su primera novela que pronto será publicada y está produciendo una historia tipo nouvell, basada en las místicas tierras michoacanas.

Le apasionan los cuentos; a los suyos suele publicarlos en su blog de Medium y Whattpad. También se la puede encontrar en Instagram.

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